El tripulante y las palabras

La ventana del bus recorre sin miramientos las miles de palabras que golpean en mi cabeza, ya llevo un largo rato tratando de darle un significado al tiempo que no se ha de detener. Este singular proceso va pasando en medio de esta historia que no podré contar y que voy tirando en un olvido.

Ahora sentado sin más razón veo en la ventana el bosquejo de mi persona repitiéndose en respiros tajantes. Es un reflejo en el que me sigo tropezando con palabras, pero no puedo hilarme con ellas; siempre han de venir acompañadas de la circunstancia, entonces vuelo por la casualidad que se viste de acera y las calles me ofrecen conceptos destazados.

Las palabras no hablan por sí solas, inertes las tomo del aire y en mi mano se mueven como un cansado presagio. Las miro espantadas, contraídas, es el miedo que les procura el no poder tener significado, entonces se colocan en la espera, respiran, llegan al instante adecuado y así, se salpican en la conciencia de alguien más; son hijas del azar, les pongo un punto y coma, y después, un verbo conjugado. Me río, están demasiado improvisadas. ¿Qué hacer con ellas? verlas, pensarlas ¿no hacerles caso? ¿las guardo para utilizarlas en otro momento? No lo sé. Un niño en el bus ve las palabras y esboza una sonrisa cómplice. Él sentado en las piernas de su mamá mira atento para ubicar cuales son. Empezamos el juego y siento su mirada sobre el hombro, se hace para atrás y para adelante, algo inquieto intenta llamar la atención de las palabras. Aún no sabe que se deben escoger de acuerdo a lo que se quiera decir, se quedan estáticas hasta que sean utilizadas y en alguna distracción volverse a perder en este mar de incoherencias. Ahora sin pensar, nos están ayudando a contar esta historia. Me levanto del asiento y empiezo a silbar, no pretendo una melodía en particular, a la madre no le importa, me recargo sobre la puerta metálica del bus, me pongo en cuclillas y con un brazo me sostengo sobre el pasamano que está a lado.

La lluvia empezó, una idea se evapora y sale en forma de vaho sobre la ventana de la puerta. El niño trata de levantarse, su madre le aprieta fuerte con sus brazos y no se lo permite, empieza a balbucear y logra escurrirse de entre los brazos, corre hacía donde estoy y en el vaho sobre la ventana escribe: HOLA TU, y yo escribo: QUE SOMOS TODOS; paso la mano sobre la ventana y borro las palabras. El niño regresa a su lugar,  su madre le regaña.

Le mando un saludo mientras salgo del bus y respiro lo que queda de la simpleza, sé que éste como otros estados del ánimo ánima llegan y se van rápido, ya pronto mudará y sin duda habrá más palabras por utilizar.