El tripulante y la moneda (mañana)

La mañana está trazada sobre un plano sin tangentes consistentes, se aleja, trato de alcanzarla, pero no logro asirme, mi andar se queda fugado y quedo inerme, atemporal.

La calzada se parte en una idea obsesiva para conseguirte y sé que tu libertad es irresoluble, te guardo en mis bolsas hiladas con búsquedas que no terminan por empezar.

Una moneda en la acera. A primera vista parece inútil como tal, redonda, opaca, ranuras en su circunferencia, trae en el medio a un héroe que nunca conocí y del otro lado un símbolo patriota. La pongo sobre un recuerdo pintado con soplos de vida pero no pasa nada, es más, le estorba. La coloco en mi casco y nada, no soy ni más ni menos tripulante. La dejo en mi mano, y después de un tiempo huele a óxido, le aviento al aire y cae al suelo, tampoco me divierte…pues en realidad no sirve para mucho así como está, aún así, la cargo conmigo.

Mis pisadas se trasquilan y tropiezo con una tienda anodina, puerta oxidada, techos altos, paredes sin pintar, pisos interminables que suben en espiral, y el aire pesado, fútil. No hay vendedores, son necesidades que se venden solas, máquinas para todo tipo de quehacer inútil, pero diviso una en especial: brazos alargados de metal, la cabeza sin perfiles, unas cavidades opacas que asemejan ojos, engranes que funcionan como sentencia, piernas que se antojan torpes y un círculo hueco en la parte dónde debió estar la boca. Veo es del tamaño de la moneda, la coloco y la máquina se enciende con un movimiento trabado, algo cansado en cada articulación, en cada cable, y de la garganta se escucha una voz aceitosa, agrietada: – ¿necesitas algo?-, coloco mi boca en los engranes y le digo: –necesito que esta mañana no se vaya-.

Extrañeza, la máquina se empieza a desarmar por si sola, queda la cabeza en el piso y empieza a rodar, se va con mi moneda.

La mañana cínica se ha ido, le escribo éste relato momentáneo y pienso: cuando arribe la tarde espero encontrarme con otra moneda, y a cambio, escribiré un nuevo relato.